Nosotros nunca aprendimos que la ciudad es el sonido del tiempo en el que
nacimos. Ese murmullo que entra por tu ventana cuando te levantas y, aunque estés cansado, te encanta que esté presente. Así. Nunca supimos que había en
medio de todas las cosas que discutimos y rumiamos a oscuras, en ira. Aun así
amo tu olor. Me levanta en las mañanas, en medio de un eterno recuerdo triste, de
canciones que sonaban a puntos antes de la noche. (como plan de siete)
Cuánto sabor a ti, y en tus labios, me llevan de la mano por agujeros de
luz, que son como fichas de colores en amaneceres eternos y lejanos. Te sueño,
hasta cuando no necesito de tu compañía, porque estás tan cerca. Y dispongo de ese
tiempo, con sentimiento a café, que me dice cantando de memoria: “ya no quiero
paz, ni imperturbabilidad. Quiero tu corazón desnudo, para tirarme al lado de
tu soledad, sin que nadie me mire, ni mirar a nadie; perderlos a todos y todo, y
darte un trago de calor” Si, es un sueño en el que alguien como yo no cree en
el frío porque piensa que no hay sentido en perder el sabor del tacto, simplemente porque ya no quiere paz. No hay paz.
Y reuniría todas las frases que te generen tristeza y reuniría cada
momento (que supongo no es ni poco ni bastante) para en una semana juntarlas
sobre la tierra y prenderles fuego. Calentarte en una hoguera de odio quemado. Quizá en una semana más podría reunir todo el amor en el tiempo, para dártelo. Para
que hagas con el un sobre y guardarlo, mirarlo, botarlo. No sé. Solo me
gustaría tener esas semanas para entender juntos porque nosotros nunca
aprendimos que la ciudad es el sonido de aquel tiempo. Porque esto es como
darte mi manicomio dorado, sin temblar.
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